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viernes, 29 de mayo de 2009

TODO POR HELARTE

"Mi juventud fue triste, y fría, y estéril..." VVG

22 de Mayo


Queridísimo hermano,
Poco a poco los días se van haciendo más largos, y el viejo árbol trata de retoñar un año más en gigante herido.
Mi ánimo florece cada mañana bajo el azul líquido de Saint-Remy, y he vuelto a trabajar con frenesí en mi jardín cerrado.
El doctor dice que mejoro, y mis anhelos retornan a llenar el color de mi maltrecha paleta.
Aun así, cuando cae la noche mis temores vuelven a aflorar inexorables.
Ayer mismo, tornaron mis más amargos presagios en forma de sueño inquietante y desolador.
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Soñé que volvía junto a ti, a nuestra querida Dreiländereck; paseábamos junto a la catedral sintiendo el aroma dulce de la primavera, que emana del postrero reposo de nuestro querido Erasmo.
Descendimos por la orilla verde del Rin hasta el magnífico Hotel de los Tres Reyes.
En un determinado instante, el cielo se cubrió de plomo, envolviendo de oscuridad la llamada misteriosa que me impelía a correr desesperadamente hasta el Palacio de Kunst.
A mi llegada, una multitud sombría se arremolinaba ante la formidable escalera, flanqueada por estandartes que proclamaban mi nombre...
Atravesando el gentío, como un espectro, alcancé la primera sala, y no podrás creer lo que pude contemplar. En la misma colgaban obras mías por doquier; el campanario de Zundert, la casa amarilla, los tejados de Paris, los campos de Arles, todos estaban allí, observados codiciosamente por una muchedumbre silenciosa que, como siempre, ignoraba mi presencia.
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Nadie era capaz de responder a mis atormentadas suplicas, que resonaban estériles como un eco perdido en la inmensidad de la sala gris.
Al fin sentí que alguien me observaba. En el fondo de la estancia, advertí que uno de mis propios retratos traspasaba con su mirada la masa humana y amorfa, para devolverme el reflejo de su amargo llanto, constreñido en una fina capa de pintura. Uno de los dos no debería estar allí. Quizá ninguno de los dos.
Un escenario de equilibrio roto, como mi propia existencia, impregnó mi mente, y recordé la desdicha de haber descubierto tan temprano el secreto de la inmanencia en las visitas que repetíamos a mi propia tumba...
Y ahora, otra brutal profanación de mis desvelos.
Desperté bañado en sudor, y ya no pude volver a conciliar el sueño.
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Mi querido Théo, creo que nunca te haré llegar esta carta.
No haría más que inquietarte, y tu nueva vida con Johanna no merece más quebrantos por mi inútil causa.
Confío en que las cosas cambien, y puedas vender por fin alguna de mis obras, para intentar mejorar mi helada existencia, consagrada por el destino a un seguro y amarillo olvido.
Siempre tuyo, Vincent.
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PS: Desde el 24 de Abril hasta el 27 de Septiembre de 2009, se exhibe en Kunstmuseum de la ciudad suiza de Basilea la exposición "Zwischen Erde und Himmel: Die Landschaften", antología de paisajes de Vincent van Gogh.
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Durante su infancia, Van Gogh fue obligado por su padre a acudir regularmente a orar ante la tumba de su hermano, también bautizado con el nombre de Vincent, que nació muerto el 30 de Marzo de 1852, exactamente el mismo día, un año antes de que naciera el propio artista.
Como es bien sabido, Vincent Van Gogh únicamente vendió una obra durante el transcurso de su existencia. En la actualidad, uno de sus cuadros ostenta el record de ventas, siendo subastado por Christie's en 1990 por 82,5 millones de dólares.
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La indispensable muestra presentada en Basilea, excepcional por su belleza, es además una paradójica y ejemplar semblanza de la miseria del mundo comercial del Arte, extrapolada directamente de nuestra incalificable condición humana.

viernes, 17 de abril de 2009

Días de sake y rosas

Mediante la observación microscópica y la proyección astronómica la flor de loto puede convertirse en la base de toda una teoría del universo y en un agente por medio del cual podemos percibir la verdad.” - Yukio Mishima


Era la primera vez que agradecía a aquel torpe político la decisión de desterrar Ancorage de las aerovías patrias. A cambio disfrutaba de la fantástica visión de la nevada estepa moscovita, desde la privilegiada visión que me proporcionaba la carlinga del 747 en plena maniobra de aproximación, que el sastre sentado a mi izquierda enhebraba con maestría, entre furiosos copos de nieve golpeando nuestro cuerpo de aguja oronda.
La satisfacción por el espectáculo que se abría ante mis ojos era superior al cansancio provocado por la perspectiva del siguiente salto, que nos posaría al cabo de otras casi diez horas de vuelo en el aeropuerto de Narita.
El perfil de la península de Kamchatka, presagiaba en mi mente el ansiado reencuentro con mi hermano, destacado desde hacía unos años, como profesor, en la Universidad de Kobe.

Es difícil destilar los recuerdos infantiles de un Japón reducido a un compañero escolar, Itchiro Okamoto, hijo del embajador nipón en España, a la visión de unas ghetas, algún que otro kakemono, y a unos sorprendentes bonsáis artificiales de pino Japonés, dispuestos en el despacho de la casa madrileña de mis abuelos. Estas vagas referencias fueron ordenadas más tarde, gracias a la información completada por los años, y a la curiosidad que despertó en mi hermano la historia japonesa de la familia de mi abuela, que aunque española por los cuatro costados, vino al mundo y paso su infancia en el país del sol naciente. Mi bisabuelo Gonzalo se desplazó, también como profesor, en el ya lejano 1906, donde residió hasta 1918. Doce años que marcarían la vida de mi abuela para siempre, y que sólo el paso del tiempo ha hecho posible comprender en toda su dimensión estética y vital.

La primera llegada a Tokio para cualquier occidental es un auténtico shock para los sentidos. El aluvión de kanjis y gente corriendo, es lo más parecido a sentirse un personaje de la película “Lost in traslation”.
Mi hermano nos esperaba en Kobe, por lo que tuvimos que ingeniárnosla para acertar con el shinkansen (tren bala), que bajo el canto del obentó nos condujo finalmente a la bonita ciudad costera situada a 400 kilómetros de la capital.
Mi hermano y su esposa norteamericana nos acogieron con calidez en su coqueto apartamento, con un ofuro reparador tras las largas horas de periplo, y pronto comenzamos a planear nuestros itinerarios sobre un mapa del país, arrullados por los efluvios del sake caliente.
Los mejores secretos de este misterioso país se encuentran lejos de sus grandes urbes, y en este caso, nuestro anfitrión se convertía en un auténtico lujo para desbrozarlos fuera de los circuitos turísticos tradicionales.

Nuestras andanzas por las diferentes islas del archipiélago venían avaladas en la mayoría de los casos, por las descubiertas que mi propio hermano había realizado con anterioridad, garantizándonos el descubrimiento preciso y precioso del Japón más íntimo, rural y profundo, que tanto ansiábamos.
A pesar de que nuestra estancia de casi un mes nos impidió visitar la isla de Hokkaido, aún pudimos recorrer la principal, Honshu, de norte a sur, desde Nikko hasta Hiroshima, la de Kyushu hasta el balneario de Beppu, y realizar un maravilloso e inolvidable viaje por el mar interior hasta Miyayima, con su excelente Ryokan con inmejorables vistas a su famoso Tori; viajando siempre en tren o barco, alojándonos en pequeñas casas de huéspedes tradicionales construidas en madera y papel de arroz, denominadas Minsukus, disfrutando del gusto simple de los onsens populares (aguas termales al aire libre), de los pequeños templos zen locales, y de la amigable y esquiva conversación de los lugareños, gracias a la impagable labor de interprete de mi hermano, en áreas aisladas y ajenas al conocimiento de cualquier idioma occidental.
Un día ascendimos a la cumbre del impresionante volcán Aso, perdiéndonos en un descenso brumoso y confuso entre viejos camposantos sagrados, que nos trasladó sin pretenderlo hasta el mágico universo de fantasmas y espíritus que pueblan este archipiélago desde el principio de los tiempos.

Viajar por el Japón, un país siempre sorprendente, es de por sí una auténtica delicia. Haber tenido la fortuna de hacerlo por el “Japón Viejo” es todavía mejor.
Aquel primer viaje, me acercó para siempre a una comprensión abstracta de la existencia, vista a través de los ojos de una misantrópica y refinada sociedad, volcada en la importancia valorativa de los detalles estéticos más insignificantes, inaprensibles para la tosca comprensión occidental.

Los años han transcurrido. Muchos seísmos han pasado y pasarán por nuestras vidas, despertándonos aún a la magia del círculo, pero a pesar de ello, este primer viaje sentimental al Japón profundo, nos regaló algo mucho más preciado; la capacidad para intentar adentrarnos en la secreta pupila maculada de aquella dama sencilla y elegante, coraza de bambú sobre alma de flor de loto, que cada tarde nos servía el té en una casa de cuento japonés rodeada de pinos retorcidos y hortensias azules, dialogando con ardillas y gaviotas, y con la mirada posada en los reflejos dorados del atardecer reposando eternamente sobre su querido mar interior.
Algo que ya nadie podrá arrebatarnos.

viernes, 27 de marzo de 2009


LA DECONSTRUCCION DEL PERSONAJE
(La extraordinaria vida de Mathias Feldhuhn)


Mathias se levantó como cada mañana y volvió a repetir el mismo gesto. Alargando el brazo desde la cama alcanzó un cigarrillo a medio acabar, y lo encendió entre toses cotidianas.
Un día más se asqueaba de su destino, y aspiraba mentalmente entre bocanadas la situación que le envolvía, constreñido entre las cuatro paredes de la pensión que ya a duras penas podía pagar. Un destino infructuoso le acompañaba desde hacía tantos años, que sus neuronas ya se negaban a presentarle una escena nítida de tiempos pasados y mejores.
Frente al espejo cuarteado, se miraba como cada día inspeccionando el paso de los años en su rostro, percatándose de que el intenso olor a comida recocinada que tanto detestaba, y se colaba por el ventanuco del destartalado aseo, aún le servía como antígeno para recordar algún olor infantil que le transportaba por unos fugaces instantes, a los recuerdos de campos plagados de lavanda en remotas primaveras.
Como cada mañana abandonó la pensión, con sigilo consentido por una patrona de pasado turbio que, de algún modo, se enternecía por este hombre misterioso y educado, que apareció hacía cuatro años por su establecimiento, con todas sus pertenencias reducidas a una maleta de tamaño medio.

Los últimos años de Mathias habían sido especialmente duros, y pocos conocían la asombrosa historia que se ocultaba tras su mirada triste y melancólica. Cada día repetía un paseo largo y solitario, inmerso en el ajetreo de la anónima muchedumbre urbana que flanqueaba sus pasos vacilantes por la Bellevue Strasse . Hoy apretaba con fuerza el Dunhill de plata acurrucado en el bolsillo de su gabán, a sabiendas de que era el último bien material que le quedaba tras las sistemáticas visitas a la casa de empeños.
Era plenamente consciente de que su tiempo llegaba a su fin. Llevaba años interiorizando el momento de su transición a la inexistencia. De hecho sus últimos años eran un preámbulo predeterminado a extenuar su amargo papel, para el que no encontraba explicaciones convincentes, y de hecho, sí tuviese que resumir el devenir de su vida, la pregunta que le asaltaba era siempre la misma ¿Todo esto para qué?
Al menos era consciente de que todas la cosas buenas y malas que le habían sucedido a lo largo de su vida no tenían ninguna justificación lógica para él, una vez descartadas las esperanzas místicas sobre una trascendencia que en su estado mental conformaban un horizonte detestable. Este era quizá el único anhelo humano que aún era capaz de distinguir en su desolado pensamiento; el deseo de dejar de existir de una vez y para siempre. Este factor se había convertido con el tiempo, en la única certeza esperanzadora en la que era capaz de creer, tras una insondable sucesión de perdidas siempre brutales e imprevistas. El aroma de Clara, la risa del hijo arrebatado, los años en Venecia...

Sentado en el banco del parque gris, una lágrima se deslizó lentamente por su mejilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. La sal de una vida concentrada en una gota de líquido templado por los años.
Extrajo un cigarrillo cuidadosamente arrugado prendiéndolo con su última atadura material, brillante y plateada, y echó un último vistazo al rincón natural que le había acogido cada mañana desde hacía cuatro años. El cielo pardo presagiaba la determinación de otro nuevo invierno, y un viento helado sacudía las ramas desnudas desdibujadas a lo lejos entre fachadas de musgo envejecido.
Justo antes de apurar su última calada, fijó por casualidad su mirada en una mujer de mediana edad, que sentada en el banco de enfrente, se mantenía enfrascada en la lectura de un libro. Se detuvo a observarla con parsimonia, en una última contemplación simbólica a la fragante y perdida delicadeza femenina, y fue entonces cuando Mathias reparó en el libro que ella sostenía entre las manos.
Con una mirada discreta pero insistente volvió a leer el título de aquel libro: “La extraordinaria vida de Mathias Feldhuhn” por Ernst Grun....
Aquello era imposible, el título de aquel libro tenía su nombre impreso en grandes caracteres.
De un salto se puso en pie y se decidió a escapar de sus propias alucinaciones, sumido en un alterado estado de convulsión interna. Por otro lado creía haber leído hasta en tres ocasiones la portada del libro y decididamente le parecía algo completamente real.

Se apresuró a salir de Großer Tiergarten y emprendió el camino hacia la pensión.
-Debo tener fiebre- pensó.
En su camino se descubrió ante el escaparate de la librería Dussmann, y se detuvo al ver de nuevo el mismo libro que leía la mujer del parque.
Sobre un anaquel se exhibían varios ejemplares de un libro con portada en fondo naranja, en el que ahora volvía a leer repetidamente: “La extraordinaria vida de Mathias Feldhuhn” por Ernst Grundeg.
Un cartel vertical mostraba una foto en blanco y negro de un desconocido sonriente, subrayado como Ernst Grundeg.
Un escalofrío recorrió en ese momento todo su cuerpo. Aquello debía de ser una broma pesada. Era del todo imposible. ¿Quién y por qué, habría usurpado su nombre?, ¿era posible que alguien se hubiese apropiado de su identidad?, ¿quién era ese tal Grundeg?...

Apresuradamente se acercó a la entrada de la librería con la intención de adquirir el libro, y en ese instante recordó que no tenía dinero excepto un par de monedas pequeñas. No obstante se adentró en la librería y preguntó al primer dependiente por el libro del escaparate. Unos segundos después lo tenía entre sus manos, y leía tembloroso y a toda velocidad la reseña de la contraportada: “La extraordinaria vida de Mathias Feldhuhn compone uno de los mejores relatos de ficción de la narrativa contemporánea, un compendio de la vida encarnado en las raíces de Thomas Mann, que el profesor Grundeg ha creado de forma magistral...”
“Un texto intemporal que representa las veleidades de la existencia humana a través de las brillantes páginas de un personaje al que el autor bautiza como Mathias Feldhuhn, que comienza su memorable andadura con su infancia en el pueblo tirolés de Seefeld, su apasionada historia de amor con su esposa Clara, para acabar con...”
En ese momento el libro se escurrió entre las manos de Mathias, mientras trataba de encontrar un punto de apoyo para no caer desplomado al suelo.

-¿Le ocurre algo señor?-, El dependiente recogió el ejemplar con cara de desaprobación y le espetó -¿Va a comprar el libro? Mathias completamente pálido cayó en un pequeño taburete mientras el encargado de la tienda se acercaba a averiguar que es lo que ocurría.

No recordaba como había salido de la tienda de libros, pero sentado en un banco de madera de la calle Friedrichstraße trataba de recobrar el aliento, cuando ante él se detuvo un autobús que exhibía un panel publicitario en el que aparecía la foto de Ernst Grundeg, la portada del libro, y el siguiente anuncio:
Presentación y firma de ejemplares del best seller “La extraordinaria vida de Mathias Feldhuhn”, 4 de Octubre a las 20:00h en los almacenes KaDeWe.

Todo aquello comenzaba a ser una pesadilla para Mathias. Toda la situación se escapaba de su comprensión. Aquello era sencillamente imposible. Un sudor frío le recorría el cuerpo y sentía que de nuevo iba a perder la conciencia.
Su vida, sus perdidas, sus anhelos, toda su existencia se desvanecía ante el presagio de una amarga epopeya que tomaba el cariz de una burla continuada.

Al día siguiente el Berliner Morgenpost titulaba en primera página:

Berlín, 5 de Octubre.
Extraño y desgraciado incidente ocurrido ayer día 4 de Octubre en la presentación del libro del profesor Ernst Grundeg en los conocidos almacenes KaDeWe. Un individuo que trató de acercarse al conocido autor resultó abatido fatalmente por dos disparos de un vigilante de seguridad. Se da la trágica circunstancia de que el individuo sin identificar, portaba en la mano un encendedor de plata, que el vigilante confundió como un arma blanca. En el escenario de los hechos se encontró también una maleta vacía que se cree pertenecía al citado individuo. La Policía continua con sus pesquisas.
El autor se ha mostrado desolado por los acontecimientos, mientras algunas fuentes sensacionalistas han llegado incluso a especular con un atroz montaje publicitario para la promoción del libro, que por circunstancias ajenas a la editorial habrían terminado en dramática tragedia. En cualquier caso, el suceso no empañó el acto que transcurrió con un gran éxito para el autor, y que augura para su intemporal protagonista, Mathias Feldhuhn, una plaza permanente en el altar de los personajes inmortales de la historia de la Literatura Universal.


PS. Me permito informar a los lectores que he decidido que Ernst Grundel falleciera ayer, víctima de un accidente de caza.

Así de caprichosos se antojan los avatares de nuestra ficción existencial.

jueves, 12 de febrero de 2009

Rumbo a Bajamar
“Vivimos como soñamos, solos” - Joseph Conrad

Pocas cosas son comparables a sentir el pulso vital transmitido por una rueda de timón para alguien que ame el mar y los barcos. Estas sensaciones, aún mayores si manejamos un timón de caña y nuestra embarcación lucha con el viento en un mar siempre cambiante, producen una rara ensoñación inevitable para los que somos felices con unas cuantas brazas de agua bajo nuestros pies. Desde esta situación, el mundo de tierra firme pierde todo su valor, hasta convertirse en agradable y pura especulación de futuras e inciertas venturas. La vida sobre un espejo.

Apenas unas horas antes trepaba por la escala real, con la determinación habitual que proporciona la cotidiana práctica mental de imaginar nuestro último embarque con Caronte.
Eran las seis de la tarde y soltábamos amarras en otro invernal crepúsculo cartaginés.
Partíamos con la certeza de la observación melancólica de aquellos que se ensoñan, cada vez que una nave cobra vida y se aleja en el horizonte. Unos minutos antes habíamos desembarcado al gatuno práctico por el costado de babor, y ahora podía sentir en mis manos el volumen de agua, que lamiendo nuestro casco de acero, escurrían nuestras 10.000 toneladas de peso muerto mientras zigzagueaba sutilmente para librar el Cabo Tiñoso. El mar apacible disfrutaba su bonanza, convertido en poza de agua plomiza y magenta. El ronroneo de la máquina eclipsaba el rumor de nuestra estela, mientras íbamos progresando hasta nuestra velocidad de crucero mantenida en los trece nudos.
El puente iba quedándose desierto y mis desvelos se centraban ahora en posicionar mi "Otago" temporal, en el waypoint exacto, para activar el piloto automático con rumbo a pasar Cabo de Gata.

La primera noche de navegación transcurrió apacible, proporcionándonos un magnífico amanecer que nos acercaba con optimismo al siempre delicado paso del Estrecho. Prismáticos en mano, y con los ojos puestos en la pantalla del radar cruzamos decididos entre cardúmenes de pesqueros faenando, siempre atentos a la conversación de Control de Tráfico a través del VHF. La inevitable salida al alerón de estribor para contemplar el magnífico Peñón de Gibraltar, que se yergue majestuoso, y ajeno a nuestra doméstica afrenta.
Parsimoniosamente íbamos penetrando el canal que confunde mares y océanos para enfilar Punta Malabata, adentrándonos en el Atlántico con un mar de leva del noroeste que, enviado por San Vicente, maravillaba por la simetría de sus pronunciadas crestas, desde la perspectiva que nos proporcionaba la altura de nuestro puente a proa. Navegar con un barco de este tipo, conocidos como “rompedientes”, puede llegar a ser realmente incómodo cuando las adversas condiciones lo propician; y sin embargo la meteorología había querido hasta ahora, acallar las roncas campanadas del ancla prisionera en su escobén.

El viaje transcurría ameno, gracias a las magníficas tertulias mantenidas con el peculiar carácter que imprime el perfil de los Hombres de Mar, siempre con mucho que ganar, y sin ningún miedo a perder. Un alma ligera para una ligera existencia. Un carpe diem vital, siempre escondido en las pupilas de los que han tragado muchas millas náuticas. Nuestro viejo capitán, estirpe de antiguos Capitanes de Altura, mantenía conversaciones siempre interesantes, tras las sensacionales comidas que nuestro cocinero servía. Nadie familiarizado con el mar, debe desconocer que en los barcos mercantes se come mejor que en muchos restaurantes, y que obviamente el cocinero es una pieza básica para mantener el humor de un grupo de personas diferentes y aisladas del mundo, en un microcosmos rodeado por un entorno claramente hostil.

Las nubes aborregadas corrían impulsadas por un poco habitual Alisio, y posaba mis ojos en el horizonte escrutando un destino siempre incierto y excitante. En el cielo las estelas de los reactores arañaban el añil en un canto de presunción técnica, indicándonos testarudos el final de nuestra, para ellos, lenta singladura. Esa noche la temperatura invitaba a contemplar, emboscado en la guarda del alerón, un impresionante espectáculo de estrellas y constelaciones que inevitablemente justificaba el desapego a la vida terrenal. Y el amor al Mar y a su belleza indómita.
Una vez más, navegaba con suerte y rumbo a Bajamar.
En ese preciso momento, recordé a aquel personaje al que apenas conocí.

Al día siguiente el viento calmó, y un resto de mar de fondo nos empujaba a trompicones hacia la inconfundible silueta volcánica que rodea Santa Cruz, en una sinfonía de colores azul y lejano verde.
Mi destino era Bajamar, como años atrás lo fue para él. Un exilio voluntario al mar, y ajeno a todo aquello que defeca la vida continental. Una isla de color mazapán, y un rincón de costa oscura y abrupta que regala las mejores puestas de sol del mundo, acurrucado al sur de Taganana, en un portaviones zen ajeno al movimiento de sus almas.
En otro tiempo compartí ese crepúsculo con el propio Eduardo; un hombre marcado por los años, que encontró la puerta del agujero sideral de la trascendencia en una costa dura y agreste, de clima balsámico y optimista, y ahora una vez más, volvía a aquel escenario mágico e irreal de su elegante y silencioso retiro existencial.

He imaginado muchas veces, la intima escena de este hombre bueno a lo largo de los últimos años de su vida. Los recuerdos japoneses, la juventud perdida, las cabalgadas a lomos de su Harley, sus fieles compañeros caninos, sus pinturas, sus mujeres, su eterno pañuelo al cuello, su tiempo pasado difícil y hosco. Todos juntos sentados en el pequeño porche, que a modo de balcón ofrecía incesantemente el mejor espectáculo crepuscular del planeta, en un horizonte de mar dorado infinito, arrullado por el fragor de las olas rompiendo contra los roques.
Ese día volvía al escenario de su secreto, de su rincón privado, y recordaba como si fuese ayer su risa jovial, consustancial a todos los que han conseguido vencer la desilusión de una vida siempre injusta y breve, sometida muchas veces a las circunstancias de los demás. Un lugar perfecto para prepararse a realizar la última singladura, siempre hacia el oeste, en el vano intento de cazar el rojo disco solar que un día para todos nosotros, dejará de iluminar.
Difícil encontrar una solución mejor para un hombre de sus características.
Un inconmensurable y olvidado artista, que soñó a todo color en tiempos de blanco y negro.
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Dedicado a Eduardo Jiménez de la Espada